“Hay personas que llegan a tu vida sin avisar… y se quedan para siempre.”
Hay personas que llegan a tu vida sin avisar… y se quedan para siempre. Así fue conocer a Diego.
Lo conocí un martes en el piso 3A del Centro Médico, en una de mis visitas al hospital. Desde el primer momento hicimos un click especial, de esos que no se explican, solo se sienten… (y sí, frase profunda, frase �⚫ ) y, como pasa con las buenas historias, desde ese mismo día nació su apodo: “El Chango”.
Para romper el hielo le pregunté a qué equipo le iba… y bueno, ahí empezó el
problema �. Él le va a un equipo que dicen que es bueno (yo sigo esperando pruebas científicas, pues tengo otros datos�), y yo… ahmmm, digamos que mi equipo ya fue bicampeón (dato que no voy a soltar jamás �).
El chango es taaaan Chiva y yo taaaan Atlas, que sin darnos cuenta el fútbol se volvió la sal de nuestra amistad: esa chispa que, aun siendo rivales, la llena de risas, discusiones y momentos inolvidables ⚽�. Porque sí… yo con más de 50 y él con apenas 16, pero cuando se trata de fútbol estamos en el mismo nivel de necedad, defendiendo dos equipos: el malo… y el menos malo (y aquí no se aceptan reclamos y cada quien decide cual es cual �).
Pero no todos los martes eran fáciles. Su camino no ha sido sencillo: su enfermedad le arrebató una pierna y lo llevó a una recuperación larga, con días buenos y otros no tanto. Hubo momentos de cansancio y frustración, como es natural… pero incluso ahí, Diego nunca dejó de mostrar la fortaleza y resiliencia que lo definen � (y créanme, de carácter también anda fuerte).
Y aun en medio de todo eso, siempre había espacio para reír. Un día, para motivarlo, se me ocurrió decirle que le empezaría a cobrar cada día extra que pasara en el hospital: 100 pesos �. Que mejor le echara más ganas para que le dieran de alta. Y así empezó una deuda que crecía con los días… y que, por cierto, nunca ha pagado (ya van como tres años… con intereses ya me debe mínimo un viaje al otro lado del charco, un todo incluido ✈�). La mala paga es un defecto que, al parecer, tienen muchos que le van a las Chivas… coincidencia, no lo creo �.
Con el tiempo, no solo conocí a Diego, también a su mamá, a sus abuelitos y a su tía. Y poco a poco me fui metiendo como la humedad… de esas que entran y ya no salen �. Tanto así que ya hasta de la familia me autodeclaré (sin pedir permiso, porque para eso ya hay confianza �).
Y es que hay niños a los que visitas, pasas un lindo rato y ya… y hay otros con los que haces un click tan fuerte que el lazo sigue y sigue, incluso cuando el hospital ya quedó atrás. Y este, sin duda, es el caso del Chango Famoso ✨.
Diego me ha hecho reafirmar que cada martes vale la pena. Que cada sonrisa que recibo me llena el alma �… y que cada lagrimoco que he soltado cuando alguno de ellos se ha ido antes de tiempo también me ha hecho más fuerte, más empática y me ha enseñado a vivir un día a la vez.
Su historia, además, deja algo muy claro: cuando se quiere, se puede. Hoy es atleta de alto rendimiento en para-powerlifting, ha ganado medallas y sigue construyendo su camino con una determinación que inspira �� (y sí… ya me anda ganando en disciplina, en fuerza… pero nunca en panza y carrilla �).
Y como si fuera poco, un día dijo que iba a ser famoso… y no me lo hubiera dicho, porque si algo me gusta es cumplir deseos �. En complicidad con unas hadas, padrinos mágicos y una que otra palanca por ahí… shazam ✨, el chango en cuestión de horas se hizo famoso.
Fue protagonista antes de un partido de las Chivas, tocando ese cuerno gigante que simboliza el llamado al rebaño, frente a miles de personas y en televisión nacional � (o sea, yo también quiero esa experiencia, �).
Desde entonces, su título creció: pasó de ser solo el Chango… a el Chango Famoso.
Gracias, Diego, chango famoso, por cruzarte en mi camino y enseñarme tanto �.
Te quiero por siempre, a ti y a tu familia �.
Miriam.
Porque puedo resumirlo a: “Chango famoso, me caes gordo por irle a las chivas, deseo que repruebes todo en tu prepa fifi y tan tan”.

